Burka pop

 

Proyecto que aborda la temática sobre la mujer y el burka en nuestros tiempos, la prenda  burka es representada como un objeto POP el cual muestra anhelos, ilusiones y sueños a través de algunas disciplinas de las artes plásticas, además de generar un discurso a modo de recordatorio del problema real y el drama que  muchas mujeres viven actualmente donde el burka es una pieza clave en sus desdichadas vidas. Proyecto expositivo de carácter itinerante.

 

Burka Pop: entre la sumisión política y la agitación visual

 

Al buscar “burka” en la RAE encontramos esta entrada: m. o f. Vestidura femenina propia de Afganistán y otros países islámicos, que oculta el cuerpo y la cabeza por completo, dejando una pequeña abertura de malla a la altura de los ojos.

 

No es nada difícil identificar esta prenda, pero más complicado es explicar lo que percibimos y sentimos cuando vemos a una mujer que la lleva puesta, ya sea por elección propia o por imposición. ¿Nos molesta que sea un símbolo religioso asociado con sociedades tradicionales o que algo tan importante como el rostro de un individuo nos sea vedado? Se prohibió explícitamente su uso en Francia en 2010 y sigue causando grandes divisiones, por lo que en un contexto de creciente islamofobia y atrincheramientos culturales es necesario conversar sobre el fenómeno y visibilizarlo en lugar de solo generar misterio y malentendidos. Recientemente la artista jordana Yasmeen Sabri fue agredida e insultada en Londres por exponer su proyecto de fin de máster en el Royal College of Art. Su pieza invitaba al público a probarse una burka y mirar el mundo través de la rejilla.

 

Desde occidente se percibe la burka como el símbolo inequívoco de la opresión femenina, algo que la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie considera una miope “historia única”. Si bien forma parta de la cultura musulmana en algunos países, no lo es de las enseñanzas del Corán y su origen puede hallarse en la Persia preislámica. Para Ayaan Hirsi Ali, política y escritora holandesa de origen somalí las cosas son muy claras: “El velo señala deliberadamente a las mujeres como propiedad privada y restringida, como no-personas. El velo separa a las mujeres de los hombres y del mundo; las restringe, las confina, las prepara para la docilidad. Es la marca de una especie de apartheid, no el dominio de una raza sino de un sexo,” señala Ali en su libro From Islam to America: A Personal Journey Through the Clash of Civilizations.

 

La burka es indudablemente una realidad en la vida cotidiana de las mujeres afganas y aunque suele asociarse con extremismo religioso, no siempre es el caso. La artista Mariam Magsi, pakistaní afincada en Canadá y ganadora del premio World Press PRIDE por su trabajo fotográfico sobre la cultura queer musulmana señala que: “esta prenda también está siendo utilizada por las personas en las subculturas para liberarse porque, al estar escondidas, es la única manera de expresar quiénes son en realidad”.

 

No obstante, en sociedades como las europeas donde los atentados terroristas se han incrementado, el público pide mayor seguridad y escrutinio del individuo, algo no garantizado por la invisibilidad y el anonimato que la burka ofrece. Están también los argumentos en pro de la salud de la mujer pues, según otras fuentes, la vestidura llega a pesar unos siete kilos, impide la visión lateral y la visibilidad más allá de un metro de distancia. Produce raquitismo y falta de vitamina D en las mujeres que la llevan habitualmente y puede afectar la gestación.

 

Más allá de estos datos, ¿cómo cambiar el tono de la conversación y salir de los matices únicamente negativos? El holandés Tom de Wit demuestra en su cómic Burka Babes que el humor es una aproximación legítima. El arte resulta también un vehículo idóneo para hacerlo. Por ejemplo, los desfiles-performance de la franco-marroquí Majida Khattari plantean la dimensión política del cuerpo femenino, un campo de batalla violentado no solo por velos y burkas, sino por la dictadura de la moda, el imperialismo de la norma y las miradas patriarcales de ellos, e inclusive de ellas mismas. Así se han formado modelos de alienación amplificados por los medios de comunicación.

 

Otro ejemplo es Behnaz Babazadeh, artista estadounidense que creció entre Afganistán e Irán, quien decidió cambiar la sustancia de la burka y hacerla comestible en su serie Burkaphilia, interviniendo esta prenda a base de caramelos, dulces o cereales azucarados. Una forma de darle vuelta al estereotipo y buscar nuevas asociaciones sensoriales como alegría, inocencia y dulzura, al igual que algunas de las imágenes en la propuesta Burka Pop del mexicano Juan Pablo Chipe que vemos aquí.

 

Y es que la cultura pop y el fenómeno burka llevan ya tiempo dialogando. Ya sea a modo de protesta o solo por estética, la burka ha irrumpido en la fotografía, la pintura, la ilustración, la instalación, el collage, el grafiti, la moda, la publicidad y el marketing en general. La prenda como un símbolo de fuerza, o metáfora de la sumisión, genera consternación, agitación visual, simpatía y enojo, pero en cualquier caso, es un hecho político que no nos deja indiferentes.

 

Karim Hauser
coordinador de Política Internacional,
Casa Árabe